Los espejos del neopoder. Progresismo y progreso.

Un nuevo fantasma recorre Europa. Se trata de un enigma, de un espectro ideológico. De un melifluo sonido encarnado en un misterioso sortilegio. Sin embargo, dicho espectro contiene en sí mismo la habilidad suficiente como para armonizarse en un doble baile de ideas imprecisas y confusos conceptos, pergeñado de una infinita ambición de poder, cuya finalidad sólo puede ser entendida y tener como resultado lógico, el más horrible de los destinos para el hombre europeo y su sociedad civilizada.

Se trata del Progresismo. Un voluble y relativista concepto trasladado al terreno de la política, al Estado y al poder, pero elevado con inaudita fuerza, en esta época nihilista y desilusionada, sin valores ni principios, a la categoría de ideología oficial asumida por todos los Estados europeos, y obligatoriamente impuesto al pueblo de forma dramática, sin que pueda existir la mas mínima posibilidad de criticarla o discrepar de sus extravagantes imposiciones, si no queremos ser víctimas ni vernos afectados, por los más vejatorios insultos.

Según sus diseñadores ideológicos, el Progresismo sólo podríamos entenderlo desde el más estricto dogmatismo. Pero para comprenderlo mejor, podríamos contextualizarlo, también, en el impreciso campo de la indefinición, y por esa misma razón, sólo apto para ser entendido defectuosamente, al quedar emparentado con ciertos gestos histriónicos, o con una frívola y pueril farándula. Una vez reconocido estos requisitos básicos con los que mejor queda caracterizado e identificado, jamás podremos cometer con él la osadía, por leve que sea esta, de emparentarlo con un pensamiento político serio. Es más, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, que el Progresismo en sí mismo, ha sido erigido para convertirlo en una especie de esoterismo para ser dirigido infaliblemente, por sus propios gurús especializados en ciencias ocultas, para que la masa del pueblo sea entretenida en las costumbres más embrutecedoras, lo mismo que en una infinita desidia y mediocridad, abulia y analfabetismo como sus mejores aliados.

De ahí que tengamos que deducir, haciendo un sincero canto a la virtud, que la facultad del progresismo, pudiera consistir en su incansable capacidad para descubrirnos, definitivamente, la inconstancia de la realidad, ya que esta como fenómeno no puede ser otra sino ese misterio que se nos escapa a la mayoría de los mortales, para que luego sea explicada definitivamente con las tesis infalibles con que la han configurado . Por eso y desde que el progresismo irrumpió en el campo de las ideas políticas y sociales en los años ochenta, sólo podríamos entenderlo si somos capaces de comprender todos esos precedentes, y no antes, al tratarse de un periodo histórico especial, con el que se ha ido desarrollando en perfecta simbiosis.


Dando un extraordinario salto cualitativo, o más bien realizando una cabriola en el complejo mundo de las ideas políticas, para los progresistas, definitivamente quedaron atrás los aciagos días de un ayer duro y áspero, en donde las luchas sociales y económicas, como conflictos estructurales siempre latentes en las sociedades complejas y clasistas, son cosas del pasado. Periodo superado ya aunque sus efectos devastadores ahora surjan de nuevo con la misma fuerza de siempre, afectando a los más desfavorecidos de la sociedad como fenómeno habitual. Pero para los progresistas todas sus preocupaciones están centradas ahora en la ampulosidad de un ecumenismo ecologista y pacifista-feminista, trabajan denodadamente en la inversión de los valores ,ejercen la tolerancia intolerante, reescriben una nueva gramática y la semántica, reelaboran los diccionarios de sinónimos y antónimos y depuran las imperfecciones y errores de la etimología, los efectos del terrorismo son ahora accidentes, promueven el estilo de una nueva estética y alientan a ejercer la discriminación positiva, la cultura de la litrona, el subterfugio de la psicodelia, practican la androlatría, la desobediencia como sistema e imponen como prototipo de hombre al andrógino, son andrófobo por naturaleza y defienden el conflicto familiar y social como acto liberador lo mismo que la barbarie y la falta de urbanidad son los revulsivos sociales necesarios para despertar las conciencias adormecidas de su letargo conservador o reaccionario, además de ser unos fogosos entusiastas del antirracismo como la antesala de una mano de obra barata, poco eficiente económicamente, y sumisa a las exigencias de la patronal aunque bastante coincidente con los postulados económicos defendido por el liberalismo, el FMI, el BM y las reuniones fantasmas de Davo. Toda una coincidencia que apenas salpican los escasos escrúpulos de sus desinteresadas preocupaciones sociales salvo los marcados por su seductora retórica.

El progresismo por esa misma razón de complejidad ideológica, deberíamos entenderlo apelando a las razones más sutiles del pensamiento, algo así como si fuera una mística sugestiva ya predestinada a desempeñar las misiones políticas más elevadas, las menos espurias de todas, pretensiones legítimas para ellos cuyas dimensiones se sobresalen del tiempo conocido y por conocer, y cargado de una sutileza casi etérea e incomprendida para los espíritus que aún siguen conservando su tosquedad natural. Efluvios ligeramente estelares y amores cuya ambición gravita sobre metas nada prosaica, aunque eso sí, casi celestiales, de ahí que jamás pueda ser cuestionado si no queremos ser anatematizados de herejes y perseguidos como verdaderos prófugos.


El Progresismo, por ese mismo motivo, se ha deshecho a prisa del escabroso quehacer diario del ahora taimado y olvidado Socialismo. Una fogosa figura retórica para ellos cuya historia en declive y el almoneda, quieren que sea olvidada a prisa, por sus antaños y principales protagonistas, convertidos ahora en opulentos burgueses, sólo pendientes de la cuenta de resultados. Una tesis que como cualquier otra será discutida y discutible, pero que para el progresista, hombre avispado y resoluto, resulta ser ya definitiva. De ahí que el progresista quiera seguir jugando con innegable maestría y coquetería, haciéndose cómplice de sus viejos y odiados enemigos, y que no pueden ser otros sino los banqueros, como ha quedado demostrado ahora con la crisis económica y financiera del capitalismo.

Pero lo realmente interesante sería preguntarse qué es y puede ser el Progresismo, comprender el misterio que lo envuelve, y entender, también, el enigma que subyace en su confuso e interesado espíritu. Pero eso ya lo iremos viendo más adelante, porque cuando esta tragedia pase, todos tendremos que hacernos una profunda catarsis sobre el significado del Progresismo a la luz de sus catastróficos resultados. Sin duda, su sincretismo y la flacidez de sus argumentos ideológicos lo convierte en una figura surrealista bastante atractiva, en un objeto de consumo de masas sin compromiso ni riesgo alguno, como el mejor de sus encantos, salvo el de el asentimiento servil de sus abnegados seguidores, masa de seudoácratas seducidos por la vacuidad de sus argumentos políticos e ideológicos identificado falazmente con la Democracia, las Libertades, la Voluntad Popular y la Justicia Social. Leyes Justas y Estado neutral en sus funciones políticas. La picaresca de los corifeos progresista consiste en hacer confluir todo ese vértice cargado de profundas emotividad, puesto que todos sus mensaje van dirigidas a los sentimientos y a la sensibilidad de las personas corrientes y honestas, sobre ellos mismos, aunque eso si, siempre descalificando e insultando a todos los adversarios políticos que osen disputarle cualquier parcela de poder, por muy pequeña que sea esta.


El encanto seductor del Progresismo, salvo para sus serviles seguidores, ha dejado al pueblo español sin futuro y a la nación española, con un oscuro e incierto porvenir, porque la ignorancia de los progresistas es tan osada, que desconocen y desprecian que un pueblo puede vivir en una situación pre o revolucionaria, pero lo que no puede hacer nunca es vivir en una situación de permanente desorden y desconcierto, o crear la duda metódica sobre ellos mismos , como su mejor aliado, para transformarlo en una masa confusa de vagabundos de incierto destino. Un pueblo necesita orden, armonía e identidad, basarse en un proyecto de vida común, saberse bien representado por dirigentes responsables, es decir, necesita conocerse, saber quién es, para saber estar en el mundo, y eso sólo puede hacerlo cuando se relaciona con los demás pueblos, pero sabiendo al mismo tiempo quien es , adonde pertenece y hacia donde quieren ir. En política jamás se ha podido construir el presente de un pueblo sin conocer ni entender su pasado, ni tampoco un futuro sin comprender su presente. Realmente todo un desafío.



Francisco García Vázquez

2 comentarios:

Mármol | 14 de noviembre de 2009, 19:22

¿Mande?

Ramsés | 15 de noviembre de 2009, 21:17

Una de las mejores definiciones del Progresismo que he leído. Sencillamente genial.